viernes, 4 de septiembre de 2009

A veces no puedo dormir pensando en la inutilidad de lo que escribo

A veces no me puedo dormir pensando en la inutilidad de lo que escribo.
No me puedo dormir pensando en escribir, a veces qunque no tenga el computador cerca y entonces emborroneo páginas de cuadernos y croqueras.
No me puedo dormir porque allí, en la oscuridad, despierto y tipeo, tipeo, tipeo mentalmente la cantidad de ideas que nacen. En mi cabeza parecería que logro escribir a la velocidad de lo que pienso. Pero prendo la luz, me levanto y camino hasta la computadora y he olvidado el 50% de las cosas. Mis dedos son torpes frente al teclado y no logran hablar con la velocidad que creo necesitarlos. No entiendo cómo funcionan los recuerdos. Que puedo recordar ese aroma y esa ropa y esa cita y ese verso... pero sé que olvido y que no sé exactamente qué es lo que he olvidado porque si lo recordara ya no serìa olvido. Por que sé que mi memoria es absolutamente frágil en la misma proporción en que no lo es en absoluto y podría recordar perfectamente la ventolera en la playa en un verano de mi infancia, pero olvidaba pagar cuentas hasta que ella decidió que mi desidia era mercedora de su olvido. Deseo, necesito, prefiero, por lo menos, ponerme a tipear lo que queda de imágenes y recuerdos, aunque no exactamente para que sirva ponerlos en negro sobre blanco. Los restos náufragos de aquellas cosas que eran tan potentes en mi mente en la oscuridad y que no son estas que estoy diciendo ahora. Eran otras grandes y hermosas, como escuchar un aria de ópera en la radio a pesar que el CD que he perdido suena mejor, sigoi pensando que el recuerdo de esa e´misiòn, de esa tarde de lluvia es tan poderoso como el andar de un dinosaurio... ¿Entonces por qué no soy capaz de contextualizar? Mi amigo Fesal levanta un poema de recuerdo a Jecar Neghme y yo me acuerdo de ese dìa y me acuerdo de haber estado preparando huevos revueltos mientras el biberón de mi hija se enfriaba, y la voz en radio umbral hablando de la muerte de nuestro compañero y mi ropa al momen to de ese mañana, la camisa blanca recién planchada y los jeans planchados con la raya y el saco negro... Había bañado en la tina a mi hija y después la habìa vestido para llevarla a la sala cuna mientras las lágrimas no dejaban de caer.
No se exactamente qué es lo que quiero escribir. Escribo para alguien, algunos amigos y amigas lectores y lecttoras lejanas en ciudades pequeñas o más allà del mar en la helada Suiza, pero quisiera lograr algo. Quizás el escribir sea un pàlido sustituto de ser querido.
Soy valiente en algunas cosas. Ya no existe el terror a la página en blanco. Sobre todo cuando ya no hay hojas en blanco. Solìa pensar que amaba el olor del papel... también en còmo la màquina de escribir golpeteaba y marcaba el papel. Algunos escritores hablan de eso. No sé quién será el culpable - quizás mamá -, pero la verdad es que escribo compulsivamente. Cartas, discursos, anàlisis, coyunturas, declaraciones, crónicas, listas de tareas y trabajos que debería realizar alguna vez –en otra vida, cuando sea una persona organizada–, correos, a veces manuscritos, cartas de verdad. Amaba la máquina de escribir ue algún día recuperaré, porque armaba los textos, los releía, los editaba y los mirabar como piezas únicas, sin errores, como formas irrepetibles, con destinatarios particulares.
cada vez que me equivocaba o golpeaba una tecla equivocada, rompía la hoja y volvía a empezar porque creía que era una señal.
Entonces me llevaba mucho, mucho tiempo. Y no hacìa cosas realmente importantes. Y otras veces me da vergüenza o prefiero no dejarme tan a la vista y no puedo neutralizar las palabras y la escritura porque para mí éste es un hecho donde se juegan demasiadas cosas. A veces escribo las respuestas y no las mando. A veces escribo pensando en algún, alguna lector lectora en particular y me arrepiento de haber juntado todas esas letras en una frase.Cuando me siento a escribir escribo y lo que me da terror es la página llena.Se wue quiero resctarlas para editar o armar algo pero tengo miedo de ver mis propias letras y quisiera gritar y pedir ayuda. ¿Pero a quién? (Acabo de recordar a Robert Blake en "A Sangre Fría" ante su ejecución: "Quisiera pedir perdón...¿pero a quién?" Las líneas están llenas de letras y palabras y sueltas y ningún programa logra unificar las partes en una misma cosa o relato llamado: novela o libro. Me angustio, a mi edad, por esa naturaleza difusa y despareja de los textos que escribo, sino también lo que dicen, lo que pueden decir, lo que yo sé que dicen y no les digo y la interminable lista de dobles sentidos y lecturas que permiten.

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